sábado, marzo 14, 2015

De vuelta a Salamanca

Querido Chencho:

Entre la blancura fría del Negrón voy tragando los jugos amargos de mi silencio. Otro túnel y el paisaje lo ocupa el pantano de Luna, se llena de agua crecida, de puente que vuela, de cumbres nevadas, de sentimientos y recuerdos pegados a ti, que me llevan a ti.
Nudos ahogados en la garganta aceleran el camino con temblor de escalofríos, aunque el sol pone calor a su manera al sur de las montañas. Ruta de acostumbrada frecuencia a Salamanca para estar donde tú no estabas y ahora tan distinta y nueva para mi porque estás tú, querido Chencho.
Lágrimas ensartadas a los puntos kilométricos me acercan  a ese lugar donde descansas para decirte que me esperes cinco minutos.
Juntos analizábamos cómo se transformaba el  paisaje, los campos desolados de Zamora y Salamanca, ahora criaderos de tanto invierno, donde se allana el terreno y la vista se estira hasta el horizonte,  alternando con encinares y choperas; los pueblos despoblados en tierras de secano después de Benavente. Pueblos con toboganes y columpios siempre quietos;  con iglesia , arcos y torre, palomares de planta cuadrada, muros de adobe y su ayuntamiento como una casa cualquiera. Nunca se veía gente por la calle, decíamos que era por el frío y otras porque quemaba el asfalto. Queríamos adivinar el origen de sus nombres tan compuestos y tan de hidalgos,  Castellanos de Villiquera, Fontanillas de Castro, Aldeaseca de la Armuña , Riego del Campo , Granja de Moreruela, Castropepe nos hacía gracia; en el Embalse de Ricobayo ha subido tanto el nivel del agua que ya no se ven las huertas. Los nidos de las cigüeñas, en cualquier estación habitados, se han instalado en el frío y el poste.
Comentábamos todo, eran viajes con calma, paradas para comer, para tomar café, para ver la crecida del agua, para ver la puesta de sol y la luna llena. Si me entraba sueño me apoyabas en el cabecero la cabeza.
Tú no te cansabas, celebrabas haber llegado dándome un beso, luego te ibas a dar una vuelta, a ver las encinas y estirar las piernas.
Ahora, mientras el Duero pasa casi cerrando los ojos del puente romano, yo cierro los míos sabiendo que tú ya no me esperas.

27 de Febrero 2015